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Hoy se “estrena” en el auditorio Maxwell del ALBA synchrotron el capítulo 5 de la serie Day One, donde el sincrotrón tiene un papel “fundamental” en la trama. Esta serie, tal y como se nos presentó en su momento, está impulsada por la Fundación Mobile World Capital Barcelona, una fundación público-privada que recibe de media unos 5 millones de euros anuales de dinero público procedente de instituciones catalanas. Más allá de si la serie nos ha gustado o nos ha hecho gracia ver a compañeras nuestras aparecer en ella, sí que despierta ciertos interrogantes.
Barcelona lleva años apostando por “posicionarse” como capital tecnológica internacional y, sobre el papel, el objetivo es claro: mostrar la ciudad como un ecosistema tecnológico puntero y reforzar su atractivo internacional. Sin embargo, esta estrategia abre una cuestión clave: ¿cuál es el impacto real de estas iniciativas sobre la ciencia, la investigación y el personal que trabaja en ellas? Y, yendo más allá: ¿cuál es el impacto real de este modelo tecnológico sobre la ciudad y sus habitantes?
Una frase impactante de la directora de Comunicación y Relaciones Institucionales de la fundación en una entrevista [1] me genera especialmente dudas sobre estas iniciativas: «Aunque es difícil valorar cuantitativamente qué legado tienen tanto el congreso como MWCapital, es innegable que han contribuido a potenciar sectores económicos, la ciudad y el país.»
Esta afirmación pone de manifiesto un problema estructural: si el impacto es difícil de cuantificar, ¿cómo se justifica la inversión pública? ¿Es esta la forma más eficiente de dar visibilidad al sincrotrón cuando a sus trabajadores se les niegan condiciones competitivas en comparación con centros similares?
En política científica, la medibilidad es fundamental. Cuando los resultados no son cuantificables, existe el riesgo de priorizar la narrativa por encima de la transformación real. Esto resulta especialmente problemático cuando, paralelamente, infraestructuras científicas de primer nivel sufren limitaciones estructurales como salarios congelados o dificultades para retener talento.
El contraste es evidente: mientras se financian proyectos de branding tecnológico y promoción de la ciudad de Barcelona, la clase trabajadora ve cómo se le niegan subidas salariales y derechos laborales, además de enfrentarse a una ciudad cada vez menos habitable.
Más allá del uso de las instalaciones del ALBA synchrotron como escenario narrativo para Day One—sin una representación fiel de su actividad (personal de seguridad en la sala de control, experimentos sin supervisión, luz de sincrotrón en un “microscopio” que genera una imagen 3D de un chip en 30 segundos), que pueden justificarse como licencias artísticas—una voz dentro de mí (que suele estar enfadada) se pregunta: ¿qué aporta realmente esto a ALBA? No es algo exclusivo; otras instituciones como el CERN o la NASA también aparecen en series y películas, pero aquí no se trata solo de entretenimiento, sino de una iniciativa vinculada a estrategias institucionales de promoción tecnológica.
Todo ello parece un branding superficial que cuesta mucho dinero al contribuyente y cuyo impacto es “difícil de cuantificar”. Pero además, también perpetúa otros problemas: ¿dónde queda el catalán? ¿Es esta la ciudad que se quiere promocionar?
Para complicarlo aún más, el catalán se utiliza como elemento simbólico o “atrezo”. Aunque la serie transcurre en Barcelona y alrededores, la lengua es meramente decorativa: un cartel de “no pasar” de los Mossos en una escena, los nombres de los personajes… Todo ello con la participación de 3Cat (la televisión pública catalana), que al menos la ha doblado al catalán para su plataforma (migajas…).
Este debate no puede separarse del modelo de ciudad que representa el Mobile World Congress (la fundación también recibe financiación de sus organizadores). Durante años, el congreso se ha presentado como un motor económico imprescindible para Barcelona. Sin embargo, sectores críticos han cuestionado reiteradamente este relato.
El Mobile World Congress genera un impacto económico concentrado y temporal, pero también contribuye a dinámicas que agravan problemas estructurales de la ciudad: presión sobre el mercado del alquiler, intensificación del turismo de negocios, privatización temporal del espacio urbano y priorización de usos corporativos frente a las necesidades vecinales.
Barcelona ya es una ciudad con fuertes procesos de gentrificación. La apuesta continuada por grandes eventos tecnológicos refuerza un modelo urbano orientado hacia el exterior y la atracción de inversión, a menudo en detrimento de la habitabilidad para la ciudadanía.
El caso de Day One en el Sincrotrón ALBA refleja una dinámica de promoción (de nuevo, no cuantificable…) que, en mi opinión, tiene un impacto muy limitado. Las administraciones priorizan iniciativas visibles y mediáticas, de forma similar a lo que hace la dirección de ALBA: apariencia por delante de cambios reales que podrían mejorar la vida de las personas.
Estas acciones tienen un retorno inmediato: generan titulares [2, 3, 4], refuerzan la imagen institucional y proyectan una Barcelona que hoy en día difícilmente coincide con la realidad de sus habitantes. En cambio, las inversiones estructurales (mejoras salariales, estabilidad laboral, financiación base o políticas de vivienda) tienen menos visibilidad pública y, parece, menor prioridad.
No se trata de decir que la visibilidad sea inútil. La divulgación científica y la proyección internacional pueden ser herramientas valiosas. Pero para tener un impacto real, deben ir acompañadas de inversión estructural y de una representación rigurosa.
Sin ello, todo queda en titulares y en una serie que veremos un fin de semana de lluvia en el sofá y olvidaremos en pocos días. No se necesita solo visibilidad. Necesitamos estabilidad (laboral y personal, aka vivienda digna), inversión y reconocimiento real del valor de ALBA y de las personas que trabajan en él. Sin este apoyo, el riesgo es que la narrativa tecnológica acabe siendo solo eso: narrativa.
